Historia del Teatro
El 19 de noviembre de 1886, a solo dos años de la fundación de la ciudad, se inauguró el primer teatro de gran magnitud apto para veladas líricas: el Teatro Politeama Olimpo, atribuido al uruguayo Carlos Zenhndorf. El edificio presenta una arquitectura ecléctica con elementos del neorrenacimiento italiano y del neoclasicismo en su fachada. En su frente se despliega una estructura de dos plantas que organiza el acceso y da la bienvenida al foyer, donde aún se conserva la placa conmemorativa de mármol con la inscripción «Politeama Olimpo».
Durante varios años, el Politeama Olimpo funcionó como teatro, sala de baile y centro de conciertos. Su programación alternaba la esfera culta (con óperas, operetas y ballets) con géneros orientados al entretenimiento popular, como la zarzuela y la comedia.
El origen como teatro-circo Su diseño original poseía la particularidad de albergar un picadero central. En las artes escénicas y circenses, el picadero es el espacio circular (frecuentemente de arena o tierra batida) rodeado por las gradas del público, donde se desarrollan las acrobacias, los números ecuestres y las actuaciones principales.
En el Politeama Olimpo, este espacio se combinaba con la platea mediante un sistema de pisos móviles o desmontables. Esta flexibilidad permitía alternar entre funciones circenses y veladas líricas u operísticas de gran envergadura. De hecho, la principal diferencia respecto al diseño actual radica en que, en aquella época, los palcos de la planta baja eran gradas móviles que se adaptaban para dar lugar a la arena del circo, antes de que el espacio fuera transformado definitivamente en una sala de prosa convencional en el siglo XX.
En 1897, la compañía circense Podestá-Scotti adquirió el inmueble en remate público y adaptó la estructura de la sala para consolidar el formato de teatro-circo, promoviendo una dinámica colectiva que permitía ajustar el espacio a las diversas necesidades de su repertorio.
Por aquel entonces, el edificio ocupaba un cuarto de manzana. La planta baja albergaba oficinas, mientras que en la planta alta se situaba la vivienda de la familia Podestá (donde hoy funciona el museo). Hacia la esquina de la calle 47, en la planta baja funcionaba el Bar Olimpo (lugar donde hasta hace poco operaba una cafetería) y en el piso superior se ubicaba un hotel destinado al alojamiento de las compañías itinerantes. A la vuelta, sobre la misma calle 47, se encontraban las caballerizas, por donde también ingresaban las escenografías.
Como dato curioso de su construcción, en los días previos a la apertura, el diario El Día llegó a publicar que el diseño del techo era demasiado osado y que la cubierta corría el riesgo de colapsar antes de ser inaugurada.
Arquitectura y evolución del Coliseo Podestá
La cubierta está compuesta por cerchas radiales que parecen descargar su peso directamente hacia las plantas inferiores a través de las vigas; sin embargo, estas se desplazan por el cielorraso hasta distribuir las cargas en 13 columnas de hierro fundido. En el nivel superior, elaborado en madera de pinotea de Canadá, era donde se pintaban los telones de fondo de las escenografías. Las ventanas de época que allí se conservan tenían como función principal la ventilación de la sala.
En cuanto a los detalles ornamentales, se destaca en la bóveda de la sala principal una importante pintura en tela atribuida a José Bouchet. Esta obra, que rodea a la gran araña central, representa una alegoría del paso del día hacia la noche, acompañada por los retratos de célebres figuras de la ópera y la literatura.
En 1913, José Juan Podestá compró la participación del teatro a sus hermanos (Gerónimo, Juan Vicente y Pablo) y a su socio Alejandro Scotti. Así lo dejó asentado en sus memorias Medio Siglo de Farándula: «El afán de toda mi vida fue tener un teatro propio; todos mis desvelos, mi trabajo y mis ahorros fueron esclavos de ese deseo».
Con la familia Podestá ya consolidada como compañía teatral, se decidió remodelar la planta baja del edificio. De este modo, el Politeama Olimpo abandonó su condición de teatro-circo para transformarse en una renovada sala de prosa. Sobre la antigua arena del circo se instaló un piso de tecnología avanzada para la época: mediante seis gatos o cricquets accionados manualmente, la superficie se elevaba para nivelarse a la altura del escenario o se mantenía plana según las necesidades del espectáculo. De cara a los años veinte, esta versatilidad permitía retirar las butacas y ubicar a la orquesta en el foso, dejando libre una amplia pista para los grandes bailes de la época.
Tras concluir estas reformas, en 1920, José Juan resolvió rebautizar el espacio como «Teatro Coliseo Podestá» en homenaje a su padre. Con este cambio, el Coliseo se convirtió en el eje del desarrollo teatral local, impulsando la llegada de los géneros nacionales y el surgimiento de autores platenses durante toda la década.
Años más tarde, tras la muerte de José Juan y ante la imposibilidad de sostener el edificio, sus herederos decidieron alquilarlo a la empresa cinematográfica A.I.A. En esta nueva etapa se instaló un moderno dispositivo de proyección, se incorporaron numerosos radiadores para la calefacción central y se renovaron por completo la iluminación y el piso del patio de plateas, dotando a la sala de 750 butacas pullman para ofrecer la máxima comodidad al público.
De la decadencia a la puesta en valor
En la década de 1960, la empresa Lavalle Hnos. alquiló el teatro y llevó a cabo una serie de modificaciones destructivas: clausuró el escenario y los camarines, y recubrió la pintura original con una capa de color gris, salvándose únicamente los frescos y la tela del cielorraso. Además, se remataron las butacas originales de la planta baja (conservando solo las de las dos bandejas superiores) y se añadieron sanitarios en la planta baja y en el primer piso sin respetar el estilo arquitectónico original.
Al iniciar la década de 1970, el edificio cerró sus puertas y quedó a merced del abandono, las filtraciones, la humedad ascendente y la obsolescencia total de sus instalaciones. Ante semejante deterioro, en más de una ocasión se consideró su demolición.
Sin embargo, el 6 de abril de 1981, la Municipalidad de La Plata adquirió el inmueble. Dos años más tarde, en mayo de 1983 y ante la persistente amenaza de demolición, la Comisión de Preservación del Patrimonio Municipal intervino para iniciar un plan de preservación y puesta en valor, enmarcado en las pautas de las cartas internacionales para la salvaguarda del patrimonio cultural. Gracias a este esfuerzo, el 19 de noviembre de 1986 (coincidiendo con el centenario del teatro) se logró su reapertura definitiva.
En reconocimiento a este trabajo de restauración, en 2011 fue declarado Monumento Histórico Nacional. Actualmente, el teatro tiene una capacidad para 1050 personas; su planta baja alberga las plateas y los palcos, mientras que el primer piso corresponde a la tertulia y el segundo al paraíso.
Hitos y personajes emblemáticos
De este espacio surgieron dos aportes fundamentales para la cultura teatral:
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Pepino el 88: El legendario primer payaso y capocómico criollo, creado en 1881 por el actor y acróbata uruguayo José Juan «Pepe» Podestá.
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Juan Moreira: La obra considerada como la pieza fundadora del teatro rioplatense y de la gauchesca teatral. El personaje histórico, Juan Moreira, fue un famoso gaucho argentino del siglo XIX, un peón que pasaba desapercibido hasta el día de su casamiento con la Vicenta. Ese hecho marcó el inicio de sus desdichas, ya que el teniente alcalde de la zona, Don Francisco, también estaba enamorado de ella y comenzó a perseguirlo con acusaciones injustificadas. Para defenderse, Moreira empezó a valerse de su gran habilidad con el cuchillo, enfrentando a la policía en múltiples ocasiones y ganando fama de hombre temible y rebelde. En 1886, Pepe Podestá le puso letra y adaptó los diálogos de la novela original, integrándola con éxito al famoso circo criollo de los hermanos Podestá.



